lunes, 29 de agosto de 2011

Amor



Podría ser mil mujeres con tal de tenerte
y retenerte
por la completa eternidad.
Podría gastar y malgastar mi vida
sólo al ser yo misma y otras todas nosotras para vos.


Libro de Recomenzar, Destrucciones.
Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010.

sábado, 30 de julio de 2011

Sin un día faltaras


No habría palabra
Ni aire. Ni viento.
Ni presente. Ni oportunidad.
No habría.
No habría yo. No existiría.


  Libro de Retroceder, Destrucciones.
Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010. Versión 2014.

Los Celos



Construyen la noche. Dan cuerpo a lo que no existe. Hacen bailar a las sombras.Las horas de la noche son de los fantasmas. Sombras y fantasmas se burlan de vos. Y de mí.

Busco en la oscuridad, y no te encuentro.
No te encuentro.
Mi amor.



Libro de Retroceder, Destrucciones.

Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010

jueves, 5 de mayo de 2011

Fragmento de Hotel Amor Amor

Tercer Trópico.El Puente FM La Tribu. 88.7

Musicalización Gabriel López 



Música “Jan Garbarek” Tracks 9 Guilietta. Arranca el saxofón. Y este es el pie para la lectura. Baja el volumen... 


Ella y él hacen el amor en el cuarto de un hotel de la Avenida de Mayo. Afuera, cada uno tiene su pareja y su vida aparte. Ella tiene un novio con quien se casará; él, casado, tiene un hermoso hijo. Ella cree que él nunca dejará a su mujer: no la ama hace años pero su hijo tiene apenas tres. Después de un año de encuentros, ella, alumna de él, lo seduce en clase: quieren más, y van por ello.

En un fin de semana, su novio se encuentra de viaje y ella lo invita a su casa. A veces ella cree en lo que dice: que serán amigos. A veces, cree que no, que no lo serán. El no sabe qué creer. Al principio, en casa de ella, algo de silencio y de vergüenza. Después, un buen vino y algo de música diluye el silencio, hasta que se distienden y mantienen una amable conversación; luego ella está sobre él, y él, al verla de cerca, le dice: de cerca sos más linda. Besos por palabras, las vueltas de la vida: ya están enamorados, y el amor a todos embellece… 

Hay un cambio en la música, y sube. Continua la lectura: 

Al hotel van primero una vez, las manos de él en la espalda de ella, en las piernas. En los senos. Ella se suelta, se aparta. Se acerca. Desprender el vestido, desabrochar el pantalón. Ambos desnudos. El se enrosca en ella, ella se mete dentro de él. Sexo contra senos, pies. Sexo contra sexo. Luego desean más, estar más juntos más veces. Al hotel van todos los lunes; después, dos o tres veces por semana, y al fin todos los días. El hotel es una casa de fantasmas. El conserje aterrador, sus extrañas palabras. Una casa embrujada, y ellos pasan por todas las habitaciones porque al fin van todos los días. Tal vez, algún día ya no puedan salir. En un mes la separación es insoportable. En verdad. Más insoportable que lo insoportable.

Música “Años de Soledad” de Gerry Mulligan y Astor Piazzola. Continua la lectura...

Afuera, una Buenos Aires desvelada, en ruinas, con linyeras y vagabundos, maleantes, carteristas y prostitutas. Vendedores en el semáforo, y vendedores de drogas. Una ciudad de mentiras, de suicidas. Anticipaciones de un futuro indeseable, imposible. Sonámbulos oficinistas del Microcentro, de la calle Florida, de Puerto Madero, van y vienen sin saber hacia adónde ni por qué. Nadie sabe el por qué de nada. La gente no ve ni es vista. Gente sin ojos. Sin vida. Sin Dios. Muertos sin muerte. Apocalipsis sin apocalipsis. Noches que extienden la noche eterna. Almas errantes que regresan a sus casas. Hogares de familias que no son verdaderas familias. Matrimonios en los que el amor es apenas una anécdota. Trabajar para vivir, y vivir para nada. Qué triste es todo así. Ojalá todos dieran clases y tuvieran una alumna como ella, ojala todos fueran a clases y tuvieran un profesor como él. Ojalá todos amaran. Y abandonaran esa ciudad, ese hotel, esa vida. Es el año dos mil diez.

Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010.

miércoles, 6 de abril de 2011

Las señoritas


María Eugenia y Magdalena, dos adolescentes, mejores amigas, suben al altillo de la casa de Magdalena en busca de ropa vieja para disfrazarse. El altillo, con muebles antiguos y cosas avejentadas no parece tener ventanas. Hay álbumes de fotos de los abuelos. Un tocadiscos y una vitrola a cuerda; también dos filmadoras de la década del cuarenta, que eran del abuelo de Magdalena; hay también una antigua máquina de fotos que todavía funciona; posters de Betty Page, la reina del Pin-Up; una vieja máquina de coser, Singer, de una bisabuela; revistas Labores de la década del cuarenta; un costurero de raso repleto de lanas y otras cosas, todo cubierto por telas viejas y polvo. Abren, cierran y buscan, y por casualidad encuentran un baúl repleto de revistas eróticas. Se sientan y, con sorpresa, comienzan a mirarlas. Hay Playboys y Hustlers de la década del setenta, del ochenta y del noventa.

A la tarde siguiente, las amigas vuelven a subir, ahora con mayor entusiasmo. Y vuelven a subir en la tarde siguiente. Al pasar las hojas de aquellas revistas, se llenan de intriga, de curiosidad. Y así es como a María Eugenia se le ocurre ir a espiar al primo de Magdalena, cuando se cambia, para ver en la realidad algo de lo que vieron en las revistas. El entusiasmo crece, y ellas van por más: espían al primo, y llegan a verlo hacer el amor con su novia. 

Germán y Soledad hacen el amor, a los quince años como adultos, sin complejos sin reparos. Del techo del cuarto de él, Soledad colgó quince paraguas abiertos y ella abre las piernas, mucho más abiertas que los paraguas. Paraguas que bajo techo deben cerrarse, a través de la cerradura se ven abiertos. Piernas que por prescripción deberían cerrarse, se ven abiertos a través de la cerradura. Y abren, se abren más aún y más todavía. 

Luego, son las adolescentes quienes hacen el amor, y resulta algo mucho mejor que en las revistas, porque la realidad es mejor que lo imaginado. O no, porque dicen los que saben que la concreción concluye el deseo. Aunque no siempre: si hay amor, hay quien dice que el deseo produce más deseo. Y cuando hay cierta perversión también. Eugenia y Magdalena no son lesbianas. Podrían serlo, pero no. 

A las mujeres también las mueve el deseo, y no siempre el amor. Las mueve la intriga, el anhelo. Y lo incierto. El amor mueve pocas circunstancias. Mueve a pocas personas. El amor importa, pero tampoco tanto. O sí, pero no siempre. Y no del mismo modo. En general, se da por una temporada. Muy pocas veces es contundente. Y, en verdad, su contundencia no implica nada. Todo amor está destinado al fracaso. En algún momento, se terminará.

De a ratos, las señoritas imitan las poses de las modelos de las revistas. Una prueba la máquina de fotos, y porque funciona la utilizan. Las señoritas del altillo replican las poses de las revistas de la década del setenta, de la década del ochenta y de la década del noventa, y se atreven a más. Modernas jovencitas. 

Los sentimientos humanos son cronológicos, y se relacionan con la historia. Las mismas señoritas, en la década del cincuenta, no se hubieran atrevido a tanto. Las mismas señoritas en la Isla de Lesbos, del Siglo 8 A. C, se hubieran atrevido a más, y con más mujeres, y las hubiera podido presidir la poetisa Safo: “de verdad que morir yo quiero pues aquella llorando se fue de mí. Y al marchar me decía… ” 

Pero ellas no se marchan todavía, todavía se encuentran aquí, y las osadas señoritas del altillo descubren ventanas ocultas. Y la luz deja ver sus cuerpos del todo desnudos. A las mujeres también les gusta la pornografía. 

Ojalá no se vieran, en estas revistas, siempre cuerpos de mujeres. Ojalá se vieran más cuerpos de hombres desnudos. Eso también sería divertido, pero no hay. Ellas, en tanto, prueban y aprenden, cosas que después tal vez preserven y tal vez no. Pero nada será tan perfecto como estas mañanas en que suben a jugar, a divertirse en el altillo y en donde el sexo sólo entre mujeres no estaba teñido por la banal procreación, que ata a la gente al mundo de las cosas, y aparta a hombres y, sobre todo, a las mujeres del maravilloso mundo de las ideas. Y si Dios se equivoco, ¿no debería haber sido al revés…?

Las telas quedan en el piso, y ya no hay polvo allí. 

Dolores Lix Klett

Buenos Aires, 2010.

domingo, 20 de febrero de 2011

Colectivo 102



Yo estaba junto a vos, aterrada, a punto de caer. Y antes de caer, me iba. Cuando hayamos muerto no habrá melodías ni colores. Sólo cenizas que se vuelan, se vuelan. Si no estás, no hay rosado ni labios. Camino por tus labios. No somos fantasmas sin lugar adonde ir. Por la noche, preferimos estar juntos y no adentro de un club social. No adentro de un club, pero ¿podemos…?

Ayer, en mi cama, sola porque me fui, soñé: colectivo 102. Parecía la calle Uruguay, en dirección a tu casa, antes la nuestra. De la que me echaste cien veces sin que ninguna hubieses querido verme ir. Hasta que al fin, un día, sin alma ni tiempo y con el paraguas roto, me fui. Después, mil peleas y más desencuentros. Durante meses, yo iba a buscar cosas y vos salías desesperado. Los dos desesperados por encontrarnos. Los dos desesperados por no habernos encontrado. Y después pasó al revés: mi familia me echó de casa y vos me prestaste la nuestra, que ya era tuya aunque todavía tenía algunas de mis cosas. Ahora eras vos el que decías que vendría a buscar no se qué a la nueva calle de ensueño, era Uruguay pero a la vez ya no lo era. Era otro barrio. Nada que ver. Yo esperaba el 102 para ir ya ni sabía adónde. Cuando pasó de largo, desperté en lo de mamá. Más peleas y gritos. Confusión. Estaba aterrada por los cambios.

Hoy vuelvo a tu casa. Tranquila porque te vas dos meses a trabajar a otra parte y me dejás tu ausencia. Al final sólo podemos estar juntos cuando estamos separados. La ilógica lógica de los sueños me muestra que vos y yo estamos escritos en el futuro sin encontrarnos. Aunque no haya melodías ni colores. Ni rosado ni labios. Es algo parecido al amor.

Dolores Lix Klett
 Buenos Aires, 2011.


El paraguas roto



Veía pasar siempre a la misma conocida desconocida. Cada mañana de cada día y cada tarde: cuando salía el sol, ella se iba al trabajo, y cuando el sol caía ella regresaba, siempre conocida y desconocida.

Los desconocidos no hablan, no pelean. No patalean. No confrontan. No viven nuestra vida, pero resulta perfecto amar así.

Mi puesto de flores estaba justo frente a su edificio. A la mañana, entendía su estado de ánimo por la ropa que ella había elegido. Colores opacos: apagada. Colores vivos: radiante. Por la tarde, a veces llevaba el pelo atado con fuerza y con una hebilla; otras veces lo llevaba recogido con suavidad, y otras incluso volvía con el pelo mojado. Yo evitaba preguntarme con quién habría estado ella. Si es que había estado con alguien, en cualquier cosa se mostraba sola. No me permitía pensar en qué la ponía nerviosa, en qué la hacía más libre. A veces la veía feliz, a veces infeliz. Más allá de los colores de la ropa que eligiera, como si a veces se engañara a sí misma. Ojos azules como peces, la piel blanca. En verdad, lo extraño es haberla visto pasar y pasar, y sin embargo por más que me esfuerzo no recuerdo los detalles. En las fechas patrias y religiosas ella me miraba y sonreía, me saludaba con una sonrisa amable. El veinticinco de Mayo me decía “feliz veinticinco” y yo pensaba en aquellos abriles que no volverán, los suyos, los míos, en la vida que pasa, en el paso del tiempo. El nueve de Julio me decía “feliz día de la Independencia”, pero yo odiaba la independencia, hubiese querido ser preso de ella, de sus brazos, de su cuerpo. De su amor. Más que nada de su amor. Por un segundo miraba hacia arriba para ver su apartamento, pero pronto volvía la vista, como si buscara ver torcida la realidad. A fin de año, ella me decía “feliz año nuevo”, se soltaba el pelo un poco más y otra vez sonreía. Esas noches me quedaba a esperar que volviera ebria y cantando. Me gustaba verla así, pero no me dejaba ver para no avergonzarla. Solo hubiese querido contemplarla por siempre. Cada vez yo me decía que me animaría a hablarle, pero cada vez no me atrevía a nada. No me lo reprochaba, porque era algo lógico en la lógica de nuestra relación. Pensaba que aquello duraría por siempre y que siempre conservaría la oportunidad de expresarle mi amor, de hacerla más mía de lo que ya lo era. Aunque, como estaban las cosas, tal vez ya la tenía de un modo perfecto. Cuando llovía, la veía pasar con su paraguas que parecía iba romperse cada vez, pero nunca se rompía y yo me decía que cuando al fin se rompiese le regalaría uno. Y una tarde de tormenta, el paraguas se rompió.

La vi venir, empaparse, maldecir; las hojas que llevaba se le cayeron y volaban con el viento. Sentí ese viento dentro de mí. Un viento terrible. Me recuperé y me acerqué a ayudarla; ella maldecía. Ni me miraba, sólo aceptaba las hojas. Estaba empapada, se le caían lágrimas de furia, yo no sabía por qué. La vi pasar de la furia a la tristeza, aunque en la tristeza ya no había lagrimas y entonces supe que no volvería. De todos modos, al otro día compré un paraguas nuevo y me dediqué a buscar las palabras adecuadas, a imaginar el encuentro, la relación, el amor, el tiempo juntos. Tomaríamos unas vacaciones, elegiríamos entregas y renuncias, viviríamos juntos, nos casaríamos y no tendríamos hijos. A la mañana siguiente no la vi pasar…

Se habría ido más temprano con sus cosas, con su vida. Así, sin más, como suelen irse los amantes del amor. Así sin más, pero se llevan con ellos nuestra vida. La dueña de su departamento puso un cartel de “se alquila”.

Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010.