jueves, 24 de febrero de 2011

La Culpa

A Germán Drexler

No estoy sola, vivo con otra:
que me habla día y noche, noche y día.
También a la mañana. Me persigue adonde vaya, adonde esté.
Me susurra al oído: lo que no debo hacer, lo que no debería.


¿Es la culpa que me susurra lo que no puedo hacer, y que no puedo dejar de hacer?

Dolores Lix Klett

La Culpa, El Deseo. Destrucciones. 
Buenos Aires, 2010.

martes, 22 de febrero de 2011

Nadie sabe de lo nuestro


A Germán Drexler
Profesor, no sé qué quiero, pero sólo pienso en hacer el amor con usted.


Lo imagino en un sitio alejado de la escuela de cine, donde tomo mis clases y donde todo está prohibido. Un cuarto de hotel de Avenida de Mayo nos traslada a Madrid o adonde sea si queda lejos de Buenos Aires, de nuestras vidas, de una realidad que no nos pertenece. Usted vive con su esposa y su hijo. Yo vivo con mi novio, con quién me casaré. Y permítame, por esta ocasión, tutearlo: antes de llegar a la cama, me sacás la ropa, un vestido de lana gris. Me tirás en la cama y arrancas la parte de abajo de mi ropa interior: no llevo corpiño. Tenés tu ropa puesta y quisiera sacártela pero no hay tiempo: vos también estás apurado. También esperabas y también, como a mí, alguien te espera. Te sacas la camisa. Me tirás a la cama. Te tiras sobre mí. Te desabrochás el pantalón. Ponés mi mano sobre tu sexo, como si lo hubieras hecho antes cien veces. Te acaricio. Como si antes lo hubiera hecho cien veces o más. Te gusta. Me gusta. Me acariciás los senos. Caricias firmes, casi violentas. Nos entregamos en la oscuridad teñida por el rojo de un velador que derrama una luz cálida, como del infierno. Luego, me quedo desnuda, recostada. Y vos ya te vestís y ya te vas.


Y un día sucede, con ligeras variaciones pero muy similar. Y ahora, otra vez, permítame tutearlo: creés, creemos, que con el sexo bastará. Pero no basta. Pasan unas semanas y lo repetimos. Vuelven a pasar las semanas y hacemos el amor con espaciada continuidad que no nos perturba, que más bien nos tranquiliza. Pero luego, aquello sucede cada semana, todos los martes, a las siete, en el hotel. La lógica y la costumbre nos hacen creer que con el tiempo los encuentros se espaciaran, pero no. Sucede lo que sucede pocas veces, aunque a veces también sucede: cuánto más hacemos el amor, más nos deseamos, de modo que cada vez nos deseamos más. Luego, comenzamos a vernos todos los martes y los jueves a las siete. No me importa que también hagas el amor con tu mujer; en otro me hubiera importado, pero en vos no. No pregunto por tu vida. Vos tampoco preguntas. Hacemos el amor. Sólo eso. Sin causas ni consecuencias. Sin futuro. A la larga, de seguro elegirás a tu mujer. Y no cambiaré mis planes de casarme. Agregamos la mañana del domingo. No importa qué le dirás vos a ella, qué le diré a él. Que en relación a ella algo te haga sufrir, que en relación a él a mi me duela. Debe darte placer que le mienta así, debe darme placer imaginar el domingo a la mañana, que le decís a ella que irás a dar una vuelta, a tomar un café, a tomar aire a una plaza. Para volver, como vuelvo, con el olor del sexo que ellos deberían reconocer, pero no. 

Pasan unos días y perdemos algo de control, ya no lo hacemos sólo en el cuarto de hotel. Te cruzo en el pasillo de la escuela de cine. Salís del baño, yo entro. Me seguís. Me tirás contra la pileta. Me besás. Me acariciás. Sin suavidad. Con deseo. Y luego te vas. Volvés a la clase. Me arreglo la ropa. Vuelvo a la clase yo también. No podemos mirarnos. Parece que todos nos miran. Pero no, de lo nuestro nadie sabe. Podría habernos visto cualquiera, pero no. Termina la clase y los alumnos van a hablar con vos mientras camino hacia a la puerta. Quiero hablarte. Decirte algo. Pero me quedo en silencio. Te miro, y bajás la mirada. Los alumnos siguen a tu alrededor. Me voy. 

En una fiesta de la escuela, escapamos a un lugar en donde nadie nos ve, aunque cualquiera podría vernos. Nos besamos. Tus manos en mis senos. Caricias que no son caricias porque duelen, y a su vez me gustan tanto... Algo de música. Quedamos en vernos, en la misma habitación, en el mismo hotel de siempre, en media hora. Cuando llego, no estás. Subo. Te espero en el cuarto. Entrás, te desabrochás los pantalones. Te sacás la remera. Tu espalda masculina. Sacate la ropa decís, y obedezco. Me haces el amor con fuerza. Con violencia. Me duele. No te importa, y luego de unos instantes a mí tampoco. Me lastimás. La lámpara roja del infierno. De nuestro infierno particular: que va desde la mesita de luz, junto a la cama, tiñe nuestros cuerpos, impuros como nosotros. Ojalá todo fuera tan escaso y precario como el cuarto de hotel, pero en términos espirituales, nuestro infierno es más amplio, bien amplio y como elástico, pues nos sigue y nos persigue más allá del cuarto de hotel, y ya se traslada hasta nuestras casas. Que nos atrae aún cuando nos entristece, porque es la estela de un amor no realizado. O realizado sólo en el sexo. De vuelta en esa cama, enrojecida por el infierno de su luz y por nuestro propio infierno interior. Y cómo puede crecer, si es tan grande. No sé cómo, pero el infierno crece. Está en expansión, como el universo. Y al contrario del amor. 

Querés que nos veamos mañana, a las siete, allí mismo. Entro al cuarto de hotel y algo inesperado: una gran jaula. Me decís que me desnude y entre. Entro. Me encerrás con un candado. Haría cualquier cosa. El rojo infernal del velador atraviesa los barrotes y llega a mi cuerpo, encarcelado por la jaula pero más por el deseo. La próxima vez que te veo en clase imagino que mientras explicás un tema nuevo te detenés. Y luego te tirás sobre mí, frente a todos los alumnos. Ya nada te frena, y luego me ofrecés a otras alumnas, quienes me rodean y me acarician los brazos, las piernas, los senos, el sexo. En mi imaginación, una verdadera orgía. Pero luego apartas a las otras: soy sólo tuya. Como si cada vez me desearas más. Abro los ojos, y te veo, como si supieras lo que imagino. Es recreo. Te veo en el hotel, me decís. Pero fuimos hoy. Qué importa. Tengo miedo. En el hotel, en la jaula, ahora hay dos alumnas, por la fuerza de los sueños en la realidad. Me encerrás con ellas. Me hacen el amor. Nos mirás. Arrojas la llave y te vas. Hoy no hacemos el amor. Ya lo hacemos todos los días, a las siete. En el hotel, me recostás desnuda en la cama. Sacás un cuchillo. Me acariciás con el filo. Paso por alto el miedo. Al costado del cuarto, miro el vacío de una jaula vacía. La jaula siempre está allí. Recuerdos de su interior. El cuchillo ahora en mis manos, repaso el contorno de tu cuerpo. Podría cortarte, pero no. Podría matarte, pero no puedo. De que me serviría. Me serviría sólo porque ya no te tendría tu mujer. El cuchillo cambia de manos. En las tuyas, se carga de erotismo para mí. Lo presionás hasta marcar mi espalda. Marcas no. No me dejes marcas. Pero sólo deseo que vuelvas a presionar el cuchillo contra mi cuerpo. Que lo marques. Que mi novio pregunte: qué es eso. Y contarle toda la verdad: que ya no puedo hacer nada sin pensar en tus dientes hundidos en mi pechos, en mi sexo. Tus manos en mí. Y tu sexo. Acurrucada en tus brazos, protegida de otros hombres, y de lo que me duele todo esto. Al borde de terminar. Caricias que no son caricias. Sostenés el cuchillo. El filo del cuchillo en mi sexo. Y sólo sexo no es amor. No lo es. Es más bien, un no amor. Un infierno, en lo espiritual, ya lo ocupa todo. La luz roja del velador tiñe el cuarto pero nuestro infierno tiñe toda la ciudad, nuestro mundo, y más cuando te arrebato el cuchillo y corto tu sexo. Gritás. Morís. Debería irme, pero no puedo. Que entre tus brazos, contra tu espalda. Entre tu sangre. Lloro dentro de tu cuerpo, yo tan pequeña y femenina. Vos tan masculino. Siento fragilidad. Pasan las horas. La sirena. La policía. Luz azul de un sueño. En mis sueños siempre asesino hombres. No te maté. Pero podría. Querría. Te lastimé. Sangre que tiñe las sábanas. Infierno que lucha por salir fuera de esa habitación. Deberías dejar a tu mujer. No debería casarme con mi novio. 

La frecuencia se estanca en una vez al día. Con eso aumenta la violencia. Nos odiamos. El odio y el amor se parecen en en intensidad. Día a día, en nuestra cama de amor ya hay cuchillos, látigos, esposas, y otros elementos de sexo y tortura. Al no permitirnos aumentar las veces, las hacemos más intensas. No conocía esta clase de sexo. Ahora no puedo imaginar otro. 

Un día, el curso de un año y medio, que no parecía terminar, termina. Ya no estamos obligados a vernos. Mejor: el sexo hacía ganar en violencia lo que nuestra relación perdía en amor. Antes de la última clase hacemos el amor en el hotel de Avenida de Mayo. Después, en la puerta de la escuela de cine. No pasa nadie conocido. Fumamos. —Me ofrecieron trabajo… una serie de televisión, en Londres. Me voy. —Siempre supe que no dejaría a mi mujer, Soledad. Lo nuestro no… 

Me gusta escucharlo decir mi nombre. Los sentimientos surgen sin que uno lo advierta. Pienso en el amor. El no dice nada porque no se le dije en lo que pienso. Pero me abraza de una manera especial, como si lo hubiera entendido. Lloramos. Comienzo a rasguñarte la espalda, te pego. Quiero lastimarte. Vos me sostenés abrazada. Empieza a llover. 

En Londres, nunca nadie me llama por teléfono. Pero un día sí. Pasan unas semanas y se repite. Y así comienza. El teléfono suena con una continuidad espaciada que no nos perturba, nos tranquiliza. Cada tanto mi teléfono suena, pero cuando respondo nadie habla. Luego suena cada semana, y luego todos los martes a las siete. Cada vez escuchó tu respiración, pero no hablas. La lógica y la costumbre nos hace creer que, con el tiempo, las veces se irán espaciando. Pero no es así. Luego, los llamados comienzan a ser todos los martes y los jueves a las siete. Pasan unos días. Ya no me llamas sólo desde una casa: sonidos del pasillo, desde de una fiesta. La misma música de aquella fiesta. Tu mujer canta un tango En mi imaginación nos besamos. En mi imaginación: tus manos en mis senos, caricias que no son caricias, que duelen, y a la vez me gustan tanto. Volvés a llamarme en media hora: con el tubo en la mano, el sonido muerto de alguien que no puede hablar. Como si pudiera verte desabrochar el pantalón, sacarte la remera. Me saco la ropa. Cuando estás cerca, es inevitable sacarme la ropa. Me hacés el amor con fuerza. Me duele, y no te importa. Al cabo de unos instantes, a mi tampoco. Me lastimás. Y me gusta. El tubo del teléfono tirado en el piso, sonido de teléfono descolgado. Llamarás al día siguiente, a las siete. Compró una jaula igual a la otra. La llevo a casa. Entro allí y paso el día allí, a la espera de tu llamado. En vano: no llamás. Lloro, en el interior de la jaula. Sonidos del pasado: te veo en el hotel. Pero fuimos hoy. Qué importa. Temo. Ya lo hacemos todos los días, a las siete. Dentro de la jaula las mujeres del recuerdo me hacen el amor. Nos mirás, y te vas sin que hagamos el amor. Nos deseamos cada vez más. Los sentimientos verdaderos regresan a nuestra vida como un mapa del pasado. Incluso cuando no alteran la realidad. 

Regreso a Buenos Aires, me caso con mi novio. Profesor, permítame tutearlo durante el resto de nuestras vidas: en mi imaginación, todavía me torturás. Cada vez que pienso en vos, hago el amor. Sólo cuando pienso en vos puedo hacerlo. 

Dolores Lix Klett 
Buenos Aires, 2010. 

lunes, 21 de febrero de 2011

La reconciliación

A Rosario Lix Klett

Y lo siguiente que vi fue algo que se nos venía encima: un ómnibus impactó sobre nuestro auto, del lado de mi hermana:
— ¡Rosario! ¡Rosario! ¡Rosario!

Pensé: mi vida sin ella no existe. Yo no existo. Una paradoja del amor es que su dimensión y profundidad surge con la posibilidad de perderlo, algo que afecta nuestra vida y vínculos con otros. Hay peleas que permanecen hasta que ocurre una fatalidad. Ojalá supiéramos valorar lo que sentimos por el otro antes de la eventualidad, de la casualidad, del accidente. Viviríamos otra vida.

Rosario ya estaba entre mis brazos. El auto se había detenido después de girar varias veces sobre sí. Casi todo el impacto había sido sobre el lado de mi hermana, mi hermanita, la persona que más quiero en el mundo, la única persona a la que quiero de verdad. La puerta incrustada en su cuerpo: pies, piernas, caderas, senos y hombros. Yo, sentada junto a ella, pasé el brazo por debajo de su cuello para sostenerla. Su cuello, no su cabeza. Su cara afuera, lastimada. Sus ojos hacia atrás. Vomitaba. Su cuerpo atrapado, la puerta incrustada. Yo no sabía si ella aún tenía cuerpo, si viviría. Al principio intenté sacarla porque pensaba que el auto podía explotar. Pero por sus quejidos, por su dolor, no pude hacerlo. En todo caso, era imposible sacarla por la puerta. Pensé: si el auto explota, que explotemos las dos. 

Pronto había gente alrededor, y con la posibilidad de una explosión ya disipada, una mujer le tomaba el pulso a Rosario y me decía que sí, que respiraba.

—Sostenele la cabeza y no dejes que se trague el vómito. 

— ¿Pero qué hago?

—Lo que estás haciendo… Dale que vas bien

Enfrente, del otro lado del auto, afuera, junto a la ventana del lado de mi hermana, el marido de aquella mujer llamaba a una ambulancia que no llegaba. Y yo sentía que Rosario se me moría ahí, que no iba a poder despedirme, que ni siquiera iba a poder mirarla a los ojos. En el asiento de atrás, otras tres personas: heridos pero bien. Ella era la única grave. Estábamos todos en Uruguay de vacaciones. 

—Vas bien, seguí haciendo lo que hacés…

Afuera, había más personas y confusión. La gente se había bajado del ómnibus: eran adolescentes y distinguí a un chico y a una chica. El conductor nos miró, pero no se acercaba. Un hombre había empezado a filmarnos. Yo miraba a mi hermana y trataba de hacer mi mejor esfuerzo, que quizá no alcanzaría. Era difícil soportar la impresión, que todavía hoy siento, de que ella se moriría y con ella yo. 

Entre seis hombres arrancaron la puerta, algo que en un accidente de autos nunca debe hacerse, ya que de tener una hemorragia, la persona se desangraría. Pero arrancaron la puerta y por casualidad el cuerpo estaba entero. Entero. Respiré. Sentí respirar a mi hermana con algo más de fuerza, aunque mínima, que surgía de su interior, desde un lugar en el que ella no era conciente. Que no le devolvía la mirada, ni la vida, ni le sacaba el golpe de la cabeza. Todavía vomitaba, y yo aún le sacaba vomito de la boca.

Llego la Ambulancia. Le pusieron el cuello ortopédico. Le dije a la enfermera:

—Le tapaste la boca. Se vomita encima… Se va a ahogar.

Se lo sacaron, volvieron a ponérselo. 

Pensé: quien no te ama no te cuida. Pero no es cierto. Incluso, a veces, quienes te aman, te descuidan más. Por ejemplo nuestro padre, que nunca se ocupó de nosotras. Hasta entonces. De eso hablábamos con mi hermana antes de del accidente. Yo le había dicho a Rosario que debía amigarse con él, que un día a él iba a pasarle algo y que ya no podría volver atrás. Pero, de todos modos, él nunca se ocupo de nosotras. Y lo odié. Todavía lo odio. 

Apoyaron una camilla en la puerta y sacaron a mi hermana. No sabían bien lo que hacían, que la hubieran sacado bien era sólo casualidad. Pero la sacaron, la subieron y me dijeron que no podía subir atrás porque le harían los primeros auxilios, que en general sirven de poco. Lo siguiente que hice fue sacar sus cosas del auto: cartera y documentos, i—pod y anteojitos. No sabía si sacaba esas cosas para que Rosario las tuviera al despertar, o si las sacaba para quedarme con algo de ella, en caso de que muriera.

Un chico me dijo: 

—Ustedes hicieron todo bien. Doblaron después de poner el guiño. El tipo que manejaba el colectivo venía alterado porque los chicos arriba cantaban a los gritos...

Le pedí que marcara su teléfono en el mío; también escribió su nombre y me lo dijo; prometí llamarlo. Discutí con el hombre que nos filmaba. Después, un desconocido me subió a la ambulancia y me abrazaba por el hombro. Su brazo me estrechaba el cuello. Como quienes te aman te descuidan, también hay, sin motivo aparente, fugaces empatías producidas porque sí ó por lo que sea, y es así como un desconocido llega a tener pequeños pero inmensos gestos de amor, como los tuvo aquél que intentaba contenerme sin saber por qué. Yo tenía las cosas de mi hermana entre las manos. Partimos rumbo al sanatorio. La ambulancia arrancó y pronto el conductor dijo, inclinándose hacia atrás:

— ¿Tiene conciencia?

—No.

La imaginé en coma toda la vida y supe que la prefería así antes que muerta.

Las primeras palabras del médico fueron:

—Tiene olor al alcohol. Quizá vomita por eso.

Traté de explicarle que nosotras nunca bebemos. Que no nos drogamos. Pero no me creyó hasta que dos horas después, en una tomografía vio el golpe en la cabeza. Una lámina de sangre pronto presionaría sobre su cerebro. Algo que ya imaginaba, porque tanto vómito no podía haber sido producto de la copa de champagne para festejar el primer día del año. Al margen de la fractura en la cara, y del cuerpo golpeado.

Esa cara y ese cuerpo habían sido así: el cuerpo como de bailarina, con caderas pronunciadas y brazos bien delgados. Senos pequeños, y a la vez, muy femeninos. Y el rostro de muñeca. Los ojos verdes, de mirada inevitable. Sensuales labios rojos. La piel como traslúcida. Todo en proporciones perfectas. Esa clase de belleza distante y soberbia. Fría. Como de escultura de mármol. Y ahora era impresionante verla con los ojos cerrados y adormecida, como muerta, casi muerta, muerta probable. Y aún así conservaba su belleza. 

Llegó el novio de mamá con mamá, y a ella no lo dejaron entrar hasta después, cuando no quedaba alternativa: porque había que tomar decisiones. Operarla de urgencia en Uruguay o trasladarla a otro sanatorio en Buenos Aires: si no se la operaba en el acto, podía morir. Pero el sanatorio parecía chico y con poca tecnología. Mamá pensó en un médico conocido de la familia y lo consultó: el aconsejó que lo mejor sería operarla, pese a la poca tecnología del sanatorio. La clave era el tiempo. Algo que yo ya pensaba y decía, porque me lo había dicho el neurocirujano del sanatorio, en quien confié. La operaron de madrugada. Al terminar, los médicos nos dijeron que todo iba a estar bien. 

Pero en el horario de visita de la tarde de terapia intensiva nos dijeron:

—Debemos esperar setenta y dos horas para saber si se salva. 

Palabras que nos hicieron comprender aún más la gravedad del asunto. Setenta y dos horas eran una eternidad. 

Una paradoja del tiempo es que suele detenerse en las peores horas. Volvimos a casa a dejar pasar el tiempo, a contar segundos, a hacer que el reloj diera otra vuelta, a ordenarle el cuarto de Rosario, a juntar sus cosas, a cuidar a su perro “Hache”. A rezar. Para quien cree, los rezos son el pedido de una oportunidad. Para quien no cree, los rezos pueden ser un delirio, una fantasía. Una mentira. Un mantra. Algo que alcanza a cubrir cualquier significado. Cualquier cosa. Las creencias deberían funcionar de manera independiente a los sucesos, pero no es así: lo que nos sucede afecta nuestras creencias. Pertenezco al segundo grupo, pero el accidente me cambió. Pasé el día entre rezos sólo para pedir, para rogar una oportunidad de volver a tener a mi hermana como era antes. Con vida. Con la vida de antes. 

En esa tarde eterna hablamos con papá, quien pronto decidió venir. Yo no supe si era buena idea o no: mi hermana y papá habían estado peleados durante los últimos quince años, y yo no sabía cómo podía afectarle a ella encontrarse con él. Pero debía verlo, o él debería verla morir. En cualquier caso, supe que si algo le pasaba a mi hermana yo jamás podría perdonarlo. Ahora, a diferencia de lo que habíamos hablado con mi hermana la noche del accidente, quizá fuera papá quien la viera morir.

Me dormí rezando, como si Dios existiera, y durante los dos días siguientes me levanté sólo en los horarios de visita de terapia intensiva, a las doce y a las diecinueve, días en que mi hermana seguía en coma farmacológico. Llegó papá. Yo sabía que vendría, pero no me había dado cuenta que de que, en efecto, en algún momento, llegaría. Aunque, por otro lado, la obsesión de no perder ningún horario de visita estaba vinculada con estar ahí cuando él llegase para explicarle lo que yo creía… no había pensado de qué modo decírselo, pero sabía que debía decirle a papá que él no debía, que no podía entrar a la habitación de Rosario. 

Las situaciones difíciles pueden renovar mirada sobre el mundo. Porque, de pronto el tiempo, que no para, se detiene. Se fisura la realidad. El horizonte cambia. El siempre la habrá amado, pero estaba la pelea. Sin mi hermana, la pelea se desvanecía y sólo quedaba el amor. Y el amor por una persona que agoniza, se siente y duele. Mucho. Y mucho más si se trata de una hija con quien uno ni siquiera hablaba. Sólo ahora él comprendía cuánto quería a Rosario. Mal momento para comprender. Pero mejor entonces que nunca. Tal vez venía por eso… pero de qué sirve el amor por una muerta, más que para tener remordimientos de conciencia. O vendría por lo que pudieran decir los demás. O por todo. A mí no me importaba por qué venía él, a mí sólo me importaba ella.

Salí de ver a mi hermana dormida, ya habían pasado cuarenta y ocho horas, y encontré a mi papá con el ambo azul ya puesto.

— ¿Adónde vas?

—A verla. 

—No podes entrar, papá.

—Voy a entrar.

— ¿Quién sos para entrar…? No sos nadie.

Papá, desilusionado, se quitó el ambo azul. Porque no quería que entrara, hice todo lo posible para evitarlo. Toda la vida cuidé a mi hermana, y fin de cuentas también le había salvado la vida luego del después del accidente. Llevaban peleados más de quince años.

Cuando volví a la casa a esperar que llegase el día siguiente, el momento de volver a visitar a mi hermana, supuse que papá se había enojado conmigo y que nunca me iba a perdonar. 

Las situaciones complicadas hacen surgir toda la miseria de las personas. Y también la bondad, si la verdadera bondad existe. Las situaciones importantes revelan el carácter de una persona, y su carácter es su destino: la miseria es de los miserables en casi todas las circunstancias. Mi padre quería entrar por sí mismo, para sentirse mejor, en caso de que ella muriera. Aunque tal vez era mi propia miseria lo que me hacía pensar aquello. Tal vez él había advertido algo de su propia vida, porque, de alguna forma extraña, el horror aporta verdad. Y tal vez era yo quien estaba ciega por la historia de mi vida, sin poder ver a través de él. Pero claro, para mí lo único importante era salvar a mi hermana, y en verdad tenía miedo de todo, de que él le hiciera mal como toda la vida. 

Al día siguiente, a la hora de visitas de terapia intensiva, volví a enfrentarlo: 

— ¿Y si le hace mal?

—No voy a dejar que me vea... Voy a verla de lejos. 

—No.

—Necesito verla.

Pensé que lo importante era lo que necesitaba ella, pero no lo dije.

—Decile que estoy acá. 

Esa noche tuve un sueño: 

En el sanatorio, un chico se acercaba a preguntar por mi hermana. Quería verla. Insistió, y me dispuse a llevarlo. Pero llegó mi padre a impedirlo. Lo mandó a la recepción, donde el chico debió mostrar su documento. Alguien venía a llevársela, en el sueño era un ángel malvado. Y mi padre parecía haber venido a impedirlo. Yo estaba atrás de él. Desperté.

En el horario de la visita del día siguiente, lo dejé entrar. Ya estábamos en las setenta y dos horas. A mi hermana acababan de sacarle los tubos, y ya le bajaban los sedantes para despertarla. Por casualidad, o no, primero vio a nuestro padre. Despertó con él junto a su cama. Y en contra de todos mis pensamientos, Rosario dijo:

—Hola, papi. 

—Hola, mi amor… 

— ¿Cómo estás?

— ¿Vos, cómo estás?

—…

—Te quiero.

—También yo te quiero mucho, Papí, te quiero mucho. 

Y así fue como el accidente trajo la cura no sólo de la operación de su cabeza sino también la de su joven corazón herido, endurecido por su pelea con papá. El cuerpo es el alma de los vivos.

Papá tuvo suerte. No sé qué hubiera hecho él si ella se moría. Uno elige casi todo con las decisiones que toma, pero no suele elegir la vida o la muerte. Ni la propia ni la de quienes nos rodean y a quienes amamos… tampoco la de aquellas personas a las que odiamos, o la de quienes nos odian… en fin, la de nadie. De un momento al otro, el otro puede morir. Y eso era lo que yo trataba de explicarle a mi hermana antes del accidente. Papá tuvo suerte, y mi hermana también. Ojalá comprendiéramos algo de esto antes de nos suceda una eventualidad, una casualidad, un accidente. De comprenderlo, viviríamos otra vida, una en relación a los sentimientos verdaderos por las personas a las que en verdad importan, que en verdad son los únicos que cuentan, lo único que cuenta. Una vida sin peleas de años, años y años con las personas a las que en verdad más amamos. O incluso con las que no amamos, a quienes, por determinadas circunstancias, hemos dejado de amar, pero que, más allá de nuestras elecciones y de cualquier circunstancia, ocupan lugares de privilegio en nuestra vida. 

Las decisiones personales, atravesadas por la casualidad, construyen nuestro destino.

Dolores Lix Klett.
Punta del Este, 2010.

domingo, 20 de febrero de 2011

Colectivo 102

A Germán Drexler

Yo estaba junto a vos, aterrada, a punto de caer. Y antes de caer, me iba. Cuando hayamos muerto no habrá melodías ni colores. Sólo cenizas que se vuelan, se vuelan. Si no estás, no hay rosado ni labios. Camino por tus labios. No somos fantasmas sin lugar adonde ir. Por la noche, preferimos estar juntos y no adentro de un club social. No adentro de un club, pero ¿podemos…?

Ayer, en mi cama, sola porque me fui, soñé: colectivo 102. Parecía la calle Uruguay, en dirección a tu casa, antes la nuestra. De la que me echaste cien veces sin que ninguna hubieses querido verme ir. Hasta que al fin, un día, sin alma ni tiempo y con el paraguas roto, me fui. Después, mil peleas y más desencuentros. Durante meses, yo iba a buscar cosas y vos salías desesperado. Los dos desesperados por encontrarnos. Los dos desesperados por no habernos encontrado. Y después pasó al revés: mi familia me echó de casa y vos me prestaste la nuestra, que ya era tuya aunque todavía tenía algunas de mis cosas. Ahora eras vos el que decías que vendría a buscar no se qué a la nueva calle de ensueño, era Uruguay pero a la vez ya no lo era. Era otro barrio. Nada que ver. Yo esperaba el 102 para ir ya ni sabía adónde. Cuando pasó de largo, desperté en lo de mamá. Más peleas y gritos. Confusión. Estaba aterrada por los cambios.

Hoy vuelvo a tu casa. Tranquila porque te vas dos meses a trabajar a otra parte y me dejás tu ausencia. Al final sólo podemos estar juntos cuando estamos separados. La ilógica lógica de los sueños me muestra que vos y yo estamos escritos en el futuro sin encontrarnos. Aunque no haya melodías ni colores. Ni rosado ni labios. Es algo parecido al amor.

Dolores Lix Klett
 Buenos Aires, 2011.


El paraguas roto

A Germán Drexler

Veía pasar siempre a la misma conocida desconocida. Cada mañana de cada día y cada tarde: cuando salía el sol, ella se iba al trabajo, y cuando el sol caía ella regresaba, siempre conocida y desconocida.

Los desconocidos no hablan, no pelean. No patalean. No confrontan. No viven nuestra vida, pero resulta perfecto amar así.

Mi puesto de flores estaba justo frente a su edificio. A la mañana, entendía su estado de ánimo por la ropa que ella había elegido. Colores opacos: apagada. Colores vivos: radiante. Por la tarde, a veces llevaba el pelo atado con fuerza y con una hebilla; otras veces lo llevaba recogido con suavidad, y otras incluso volvía con el pelo mojado. Yo evitaba preguntarme con quién habría estado ella. Si es que había estado con alguien, en cualquier cosa se mostraba sola. No me permitía pensar en qué la ponía nerviosa, en qué la hacía más libre. A veces la veía feliz, a veces infeliz. Más allá de los colores de la ropa que eligiera, como si a veces se engañara a sí misma. Ojos azules como peces, la piel blanca. En verdad, lo extraño es haberla visto pasar y pasar, y sin embargo por más que me esfuerzo no recuerdo los detalles. En las fechas patrias y religiosas ella me miraba y sonreía, me saludaba con una sonrisa amable. El veinticinco de Mayo me decía “feliz veinticinco” y yo pensaba en aquellos abriles que no volverán, los suyos, los míos, en la vida que pasa, en el paso del tiempo. El nueve de Julio me decía “feliz día de la Independencia”, pero yo odiaba la independencia, hubiese querido ser preso de ella, de sus brazos, de su cuerpo. De su amor. Más que nada de su amor. Por un segundo miraba hacia arriba para ver su apartamento, pero pronto volvía la vista, como si buscara ver torcida la realidad. A fin de año, ella me decía “feliz año nuevo”, se soltaba el pelo un poco más y otra vez sonreía. Esas noches me quedaba a esperar que volviera ebria y cantando. Me gustaba verla así, pero no me dejaba ver para no avergonzarla. Solo hubiese querido contemplarla por siempre. Cada vez yo me decía que me animaría a hablarle, pero cada vez no me atrevía a nada. No me lo reprochaba, porque era algo lógico en la lógica de nuestra relación. Pensaba que aquello duraría por siempre y que siempre conservaría la oportunidad de expresarle mi amor, de hacerla más mía de lo que ya lo era. Aunque, como estaban las cosas, tal vez ya la tenía de un modo perfecto. Cuando llovía, la veía pasar con su paraguas que parecía iba romperse cada vez, pero nunca se rompía y yo me decía que cuando al fin se rompiese le regalaría uno. Y una tarde de tormenta, el paraguas se rompió.

La vi venir, empaparse, maldecir; las hojas que llevaba se le cayeron y volaban con el viento. Sentí ese viento dentro de mí. Un viento terrible. Me recuperé y me acerqué a ayudarla; ella maldecía. Ni me miraba, sólo aceptaba las hojas. Estaba empapada, se le caían lágrimas de furia, yo no sabía por qué. La vi pasar de la furia a la tristeza, aunque en la tristeza ya no había lagrimas y entonces supe que no volvería. De todos modos, al otro día compré un paraguas nuevo y me dediqué a buscar las palabras adecuadas, a imaginar el encuentro, la relación, el amor, el tiempo juntos. Tomaríamos unas vacaciones, elegiríamos entregas y renuncias, viviríamos juntos, nos casaríamos y no tendríamos hijos. A la mañana siguiente no la vi pasar…

Se habría ido más temprano con sus cosas, con su vida. Así, sin más, como suelen irse los amantes del amor. Así sin más, pero se llevan con ellos nuestra vida. La dueña de su departamento puso un cartel de “se alquila”.

Dolores Lix Klett
Buenos Aires, 2010.