sábado, 12 de marzo de 2011

Jeannette (la pálida mujer de Barcelona)

A Julien Betoret Cadillac 
De la segunda parte.

71 

Sola en su habitación, abre la cortina y la persiana, mira a través de la ventana.

Nadie podría estar allí pues sus amigas ahora entran al auto, el Burdel está cerrado, ellas ahora fuman y luego beberán vino. Y, en una fiesta privada en el barrio de Montserrat, Julien sonreirá a otra mujer dispuesta a entretenerlo. Todas las mujeres del Burdel, incluso Lolotte, ahora fuman hash, en otra fiesta. Y hablan. Y ríen. Y beben. Y hablan más fuerte cada vez. Todos, excepto Jeannette, se divierten: sólo ella sufre. Todos la olvidan, incluso Lolotte, porque nadie es imprescindible. Y él está con otra, aunque si estuviera con otra y también con ella todo podría estar bien: las otras mujeres nunca fueron enemigas de Jeannette. Aunque ¿Isabel? 

En su habitación, Jeannette piensa: “no fue precisamente que se haya quedado sin aire. Yo la asfixié”, se dice y esboza una tímida sonrisa. “Y si Julien está casado…?”. Sonríe, y luego se pone seria “¿…tendrá hijos?”. Recuerda a Auguste y siente frío, vuelve a creer que algo le pesa, y que no está sola. ¿Habrán llegado sus amigas? No. No hay nadie. Está sola. Frente a la ventana de su habitación, piensa: “Es sólo mi deseo. El deseo engaña. Y mortifica. Pero qué importa”.


72

Podría ser la belleza. Pero definitivamente no son los pendientes lo que le pesa, cómo podrían haberle pesado esos diminutos pendientes de brillante y platino Tiffany. Pero por otro lado, ¿podrían unos pendientes de brillante Tiffany no pesar? Pero no, no son los pendientes lo que le pesa. Definitivamente, en el caso de Jeannette, no podría ser ni siquiera el collar de perlas de María Antonieta lo que pesa, pues no se trata de eso; y la verdad, sería idiota pensar que sí. 

Aún en su habitación, Jeannette repite así: “el-de-seo”, la lengua repasa la forma del labio superior; “en-ga-ña”, los dientes muerden el labio inferior, y entre palabra y palabra (el-de-seo-en-ga-ña) una respiración. Un llamado anónimo no recibe respuesta; y luego, “Y-mor-ti-fi-ca”. Pero qué importa. Respira porque, aunque no le falta, es como si le faltase el aire.


73
Será la belleza, pues no podrían pesarle los diminutos pendientes Tiffany. 
La belleza enloquece y asfixia. Y puede conquistar el mundo.
Belleza asesina. Jeannette, sirena. ¡Belleza puta! ¡Prostituta!
O, más que la belleza, será esa extraña clase de lucidez que la tristeza produce: tristeza que embellece, que entristece.
La belleza tiene la culpa de todo. Hasta de la venganza de Julien.
¡Belleza asesina! 


74 
Puede echarse la culpa, aunque no la culpa completa, pues es difícil echar la culpa de todas las desgracias a una sola cosa, pero sí, al menos, la culpa de algo, de una parte de su desgracia, arrebatadora y triste, y de aquello que le pesa, y de algunas otras cosas. 


75
El la desprecia y Jeannette lo pierde todo. Pero cada vez es más bella la pálida, cada vez más pálida, mujer de Barcelona. Y aunque es difícil decir adónde radica esa belleza, pues no es en los ojos, ni en el rostro, ni en los pechos, es evidente, por otro lado, que surge de ella: hay belleza en la mirada de Jeannette, y en sus pensamientos de amor, y en lo frágil que la vuelven. Y también en las sombras femeninas que los lánguidos movimientos de su cuerpo proyectan, alternativamente, en una y otra pared, cuando ella, desesperada, camina a la espera del llamado que no se produce. 


Se dirige al living, dispuesta a cerrar las persianas del salón. Cierra ventanas, cuando debería abrirlas. Las manos en el puño de la ventana que cierra de un golpe. El living y luego el comedor, y también la de ventana la biblioteca, qué bueno estar allí aunque solo sea por un momento, hace tanto que no va, y la habitación es para ella tranquilizadora, aún cuando no sabe bien por qué, y es porque allí ella no asesinó a nadie. La habitación, la casa entera cerrada y oscura. Jeannette se vuelve y apoya la espalda contra la persiana también cerrada de la habitación.


Dice: 
—Ya no siento frío, en esta noche oscura…—luego, horrorizada, enciende la luz de la lámpara Tiffany, pero no se trata de encender otras luces. Dice:
—Mi destino es cada vez más… incierto y oscuro. 

Se le humedecen los ojos, en los que hay belleza y hay lágrimas. Luego enciende la luz principal, y se envuelve el cuerpo con las manos. Pobre Jeannette, pobrecita: aún siente frío.


Dolores Lix Klett
Buenos Aires-Barcelona, 2001.

jueves, 3 de marzo de 2011

Jeannette (la pálida mujer de Barcelona)

A Julien Betoret Cadillac 
De la primera parte.


11

—Huele mal. ¿Qué has hecho? —Jeannette dispone la bandeja con más bombones de chocolate y más trozos de jamón; ya junto a Joan, lo ayuda a incorporarse—No puedes tomar lo que se te antoje en casa ajena. Además esos bombones y esos trozos jamón están allí desde hace tiempo, deben estar podridos. Qué desastre... En la cocina hay un trapo para que limpies.


Joan dice en voz baja:

—Nadie te amará como Cristina me ama…

Jeannette, furiosa, lo toma del brazo y lo empuja contra el placard tapizado por los antiguos espejos que pudieron, en verdad pudieron, haberse roto por la violencia con la que el cuerpo impactó contra ellos, restándole trabajo a Jeannette, pero esto no sucedió, de modo que Jeannette debe continuar:


— ¿Cómo puedes entrar en mi casa y decirme esto? Y ¿acaso crees que me importa?

Joan intenta liberarse, y aunque alcanza a derribar la lámpara Tiffany, que se apaga por el golpe, no logra detener a Jeannette, quien no necesita de la luz porque este no es el primer hombrecito y porque conoce la casa y por eso logra sin inconvenientes sujetarle las manos al hombrecito para atárselas al baldaquino de la cama. Ahora, como de costumbre, ella debe amenazarlo con un cuchillo, algo que no puede lograr hasta que el viento que azota la calle abre de un solo golpe las ventanas del cuarto, y deja así entrar la luz de la luna que se refleja en filo del cuchillo ante el endeble cuerpo de Joan, ahora sí aterrado porque, pobre de él, alcanza a verlo. Jeannette introduce apenas el cuchillo en el frágil cuerpo del hombrecito; y luego sonríe y lo suelta. Joan se incorpora como puede, aterrado, y piensa en huir. Hay algo de sangre en el piso. Jeannette introduce el cuchillo en el cuerpo sangrante, que por unos instantes no consigue ni siquiera moverse. Lo arrastra hasta el pasillo, enciende la luz, los rostros de mujer de todos los cuadros parecen poder verlo. Jeannette suelta a un Joan cada vez más aterrorizado que se desangra en el piso, luego entra al living, enciende la luz, busca al miserable y lo arrastra por el pasillo hasta la puerta del living: un hilo de sangre persigue el cuerpo que recorre el pasillo, desde del cuarto, donde el hombrecito fue herido por primera vez.

Ya en el living, Jeannette sonríe y muestra a Joan el puño del cuchillo. Joan vomita y Jeannette allí lo deja frente al armario de palo de rosa del comedor, junto al living. En el centro del comedor se dispone una larga mesa de madera. Ella busca las llaves en el cajón del armario que luego abre y entonces él ya no ve sólo el filo del cuchillo sino también el interior del armario, dividido en dos partes: de un lado, cajas de bombones; del otro, dados de jamón, perfectamente cortados y ordenados en hileras. Debajo de los estantes, protegidos por puertas con vidrios, tres cajones pequeños; debajo, tres cajones grandes. Junto al armario de palo de rosa hay un hermoso biombo de terciopelo verde, que Jeannette utiliza para cubrir la ventana del comedor. Dos látigos, antes ocultos tras el biombo, ahora relucen en la pared. Junto a los látigos, un blanco para jugar a los dardos. Jeannette sonríe al decir:

— ¿Más bombones, o más trozos de jamón?

—No, ya no…

—Pensé que habías dicho que tenías hambre. ¿Por quién me tomas? ¿Crees que puedo perder todo el día contigo? Lloras como una niña. Ahora deberás comer… además te ves muy delgado, si sigues así nadie te querrá. ¿Cuántas veces debo decírtelo?

—No quiero comer, por favor…

—Abre la boca, lo hago por ti…

—No quiero, no…

—Come.

—No…

—Si quieres vivir para ver a Cristina, deberías callar y comer.

—Basta.

— ¿Ves? Tú no amas a Cristina... No mereces vivir.



Jeannette comienza a introducir bombones y jamón en la boca de Joan. Con los dedos en la boca él no puede respirar, y pronto se da por vencido: cierra los ojos, traga el licor de los bombones, y muere.

En el living también hay una mesa firmada por Christie's, de un lado botellas de whisky inglés e irlandés, ron de cuba y tequila mexicano, entre otras bebidas, y junto a las botellas vasos de whisky, y copas de champagne. También hay varias cajas de habanos cubanos y cerillas. La mesa tiene dos cajones, dentro de los cuales hay varios paquetes de cigarrillos. Del otro lado de la mesa, un equipo de música con la extensa colección de discos de Jeannette. Jeannette, ya junto a la mesa, se sirve un vaso de Johnny Walker Single Malt y escoge un disco de Chet Baker.



12

En el living, desnuda, disfruta de la música en el sillón frente a la mesa de china. Algo ida, enajenada, escucha el disco completo. Se apaga la música. Luego, un silencio aterrador evoca los gritos. Se mira el cuerpo, algo sucio por la sangre del miserable hombrecito.

Se dirige al baño dentro su habitación; abre el grifo para limpiarse las manos y el rostro. Se seca. Descuelga el deshabillé, se lo pone, dobla sus puños por comodidad. Con sólo respirar regresan los gritos del ya condenado: herido de muerte, por la muerte y por ella, más que nada por ella. Pronto, ordenar y limpiar la casa completa para que no queden rastros de él.

La pálida mujer de Barcelona ha dejado todo en su sitio, perfecto, pulcro e inmaculado, como si nada hubiera sucedido. Incluso su propio cuerpo, porque ya se ha bañado, ha dejado ya su cuerpo limpio del crimen, pero… ¿acaso hacer justicia es un crimen?



Dolores Lix Klett.

Buenos Aires-Barcelona. 1999