miércoles, 6 de abril de 2011

Las señoritas


María Eugenia y Magdalena, dos adolescentes, mejores amigas, suben al altillo de la casa de Magdalena en busca de ropa vieja para disfrazarse. El altillo, con muebles antiguos y cosas avejentadas no parece tener ventanas. Hay álbumes de fotos de los abuelos. Un tocadiscos y una vitrola a cuerda; también dos filmadoras de la década del cuarenta, que eran del abuelo de Magdalena; hay también una antigua máquina de fotos que todavía funciona; posters de Betty Page, la reina del Pin-Up; una vieja máquina de coser, Singer, de una bisabuela; revistas Labores de la década del cuarenta; un costurero de raso repleto de lanas y otras cosas, todo cubierto por telas viejas y polvo. Abren, cierran y buscan, y por casualidad encuentran un baúl repleto de revistas eróticas. Se sientan y, con sorpresa, comienzan a mirarlas. Hay Playboys y Hustlers de la década del setenta, del ochenta y del noventa.

A la tarde siguiente, las amigas vuelven a subir, ahora con mayor entusiasmo. Y vuelven a subir en la tarde siguiente. Al pasar las hojas de aquellas revistas, se llenan de intriga, de curiosidad. Y así es como a María Eugenia se le ocurre ir a espiar al primo de Magdalena, cuando se cambia, para ver en la realidad algo de lo que vieron en las revistas. El entusiasmo crece, y ellas van por más: espían al primo, y llegan a verlo hacer el amor con su novia. 

Germán y Soledad hacen el amor, a los quince años como adultos, sin complejos sin reparos. Del techo del cuarto de él, Soledad colgó quince paraguas abiertos y ella abre las piernas, mucho más abiertas que los paraguas. Paraguas que bajo techo deben cerrarse, a través de la cerradura se ven abiertos. Piernas que por prescripción deberían cerrarse, se ven abiertos a través de la cerradura. Y abren, se abren más aún y más todavía. 

Luego, son las adolescentes quienes hacen el amor, y resulta algo mucho mejor que en las revistas, porque la realidad es mejor que lo imaginado. O no, porque dicen los que saben que la concreción concluye el deseo. Aunque no siempre: si hay amor, hay quien dice que el deseo produce más deseo. Y cuando hay cierta perversión también. Eugenia y Magdalena no son lesbianas. Podrían serlo, pero no. 

A las mujeres también las mueve el deseo, y no siempre el amor. Las mueve la intriga, el anhelo. Y lo incierto. El amor mueve pocas circunstancias. Mueve a pocas personas. El amor importa, pero tampoco tanto. O sí, pero no siempre. Y no del mismo modo. En general, se da por una temporada. Muy pocas veces es contundente. Y, en verdad, su contundencia no implica nada. Todo amor está destinado al fracaso. En algún momento, se terminará.

De a ratos, las señoritas imitan las poses de las modelos de las revistas. Una prueba la máquina de fotos, y porque funciona la utilizan. Las señoritas del altillo replican las poses de las revistas de la década del setenta, de la década del ochenta y de la década del noventa, y se atreven a más. Modernas jovencitas. 

Los sentimientos humanos son cronológicos, y se relacionan con la historia. Las mismas señoritas, en la década del cincuenta, no se hubieran atrevido a tanto. Las mismas señoritas en la Isla de Lesbos, del Siglo 8 A. C, se hubieran atrevido a más, y con más mujeres, y las hubiera podido presidir la poetisa Safo: “de verdad que morir yo quiero pues aquella llorando se fue de mí. Y al marchar me decía… ” 

Pero ellas no se marchan todavía, todavía se encuentran aquí, y las osadas señoritas del altillo descubren ventanas ocultas. Y la luz deja ver sus cuerpos del todo desnudos. A las mujeres también les gusta la pornografía. 

Ojalá no se vieran, en estas revistas, siempre cuerpos de mujeres. Ojalá se vieran más cuerpos de hombres desnudos. Eso también sería divertido, pero no hay. Ellas, en tanto, prueban y aprenden, cosas que después tal vez preserven y tal vez no. Pero nada será tan perfecto como estas mañanas en que suben a jugar, a divertirse en el altillo y en donde el sexo sólo entre mujeres no estaba teñido por la banal procreación, que ata a la gente al mundo de las cosas, y aparta a hombres y, sobre todo, a las mujeres del maravilloso mundo de las ideas. Y si Dios se equivoco, ¿no debería haber sido al revés…?

Las telas quedan en el piso, y ya no hay polvo allí. 

Dolores Lix Klett

Buenos Aires, 2010.